Personaje: Idalia



Relato procedente: "Caos" (Huellas del Tiempo)

Resumen: Los pensamientos de Idalia hacia su padre son intensos, de rabia, de rencor, pero no tiene más opción que cuidar de él a pesar de su demencia senil, la cual, tiene que soportar ella sola sin nadie más que la ayude. Sus ojeras hablan por sí solas, al igual que su cansancio, falta de ánimo y una desesperación constante que no sabe cómo manejar.

Nombre completo: Idalia Conwers Glossaree.                                        Edad: 38 años.

Ciudad: Boston.                                                                     Profesión: Desempleada.


Descripción física:

Mi cabello negro caía más abajo de mis hombros, con soltura, con delicadeza, dado que, lo tengo muy liso y lacio, no demasiado cuidado por el poco tiempo del que dispongo para mí pero, dentro de lo que puedo hacer sí, me encanta. Mis ojos castaños se mantienen cansados durante días, sin un ápice de sentimiento, de esperanza, junto a unas ojeras que parece que han venido para quedarse eternamente. Mi tez cada vez está más pálida, al igual que mis labios gruesos y apretados debido a la constante presión provocada por las idas de olla de mi padre. Mi cuerpo esbelto, lo es cada vez más, debido a mi difícil situación, de hecho, soy la única que parece notar ese nerviosismo porque él tan solo sigue sentado en el sofá mirando aquí y allá pero parece seguir estando tan sano...

Descripción de la personalidad:

Siempre he tenido ganas de conocer mi alrededor, además de saber qué hay más allá de estas cuatro paredes a las que ya no sé si llamar hogar. He sido sincera y amable con aquellos que me han hecho daño o me han ignorado, los que tan solo me han hablado por el interés. Muchas veces, me he definido como alguien frágil, demasiado sensible para permanecer en un mundo tan complejo y quebradizo. Nunca me he rendido aunque la situación que vivía hubiese sido un completo desastre, he mirado hacia adelante sin dudas y con una sonrisa en la cara para traspasar tormentas y barreras si hiciese falta. Esta es la única vez que me siento cansada ante una lucha tan constante, tan difícil y tediosa, casi siempre a punto de abandonar.

Una constante suma de mandatos:

Desde que tengo uso de razón, mi padre siempre fue el que nos mandaba a mi madre y a mí callar, nos obligaba a fregar, a planchar y a servirle la comida, mientras él permanecía tirado en el sofá disfrutando de un té caliente. Cuando era pequeña veía todo esto algo extraño, a pesar de que mis padres quisieran inculcarme que la mejor salida para una mujer era quedarse haciendo las tareas domésticas mientras el marido iba a trabajar, traía el dinero a casa y se sentaba a la mesa para comer lo que le hubieses preparado, siempre lo que él pidiera porque era el amo y señor de la mujer, pero nada de eso iba conmigo y mi madre lo sabía de sobra.

Ella jamás le plantó cara, era una mujer muy sumisa y muy dada a las tareas de casa sin rechistar, de hecho, mi padre le gritaba si oía una sola queja en referencia a eso. La pobre mujer no podía ni decir que le dolía la espalda de tanto planchar o limpiar debajo de las camas, era fatigante ver esto en mi casa constantemente y ya no era capaz de aguantarlo mucho más, dado que, ni siquiera me dejaba salir con mis amigos una vez cumplidos los dieciséis años, tan solo quería que le sirviéramos como un rey.

Una salida complicada:

A mis dieciocho años, decidí salir de aquella casa repleta de machismo y sumisión por parte de mi madre, sin demasiadas soluciones. Me antepuse a los pensamientos arcaicos de mi padre para poder ser una mujer libre en aquella casa que ya había sufrido demasiados reproches pero, al parecer, era la única que quería cambiar algo. Tenía algunos ahorros de haber trabajado durante los veranos en varias tiendas de ropa y de camarera y pude pagarme un apartamento precioso en las afueras. A raíz de esto, fui repudiada. Mi padre obligó a mi madre a que no me hablase, ni me visitara, e incluso, que se olvidase de que yo había nacido.

Fue terrible saber todo esto por su vecina, dado que, las paredes entre esas casas eran como el papel de finas y se oía todo. Así fue como supe que mi madre estaba cada vez peor con aquel manipulador que la obligaba a hacer todo lo que él quería aprovechándose de su miedo, odiaba no poder hacer nada para sacarla de allí, ella ni siquiera quería salir por pánico a que pudiera hacerle algo más que gritarle. Me parecía horrible que una mujer fuera capaz de soportar todo esto sin rechistar, bajando la voz hasta silenciarla y sin siquiera tener permiso para opinar.

Una muerte inesperada:

Me enteré de la muerte de mi madre a través del hospital, dado que, me tenía a mí como llamada de emergencia por si ocurría algo. Según el médico, llegó allí con la cara desfigurada, con moretones por todo el cuerpo, digamos... una especie de violencia de género en toda regla pero jamás se supo quién fue el culpable de esto aunque yo sabía perfectamente que esa atrocidad la había cometido mi padre. Su muerte me pilló totalmente desprevenida, estaba trabajando en una gran empresa como secretaria de un hombre bastante importante, amable pero seductor y con una gran capacidad de comunicación, debía llevarle la agenda al día y avisarle de cualquier cambio de cita en su despacho, era un trabajo bastante preciado para mí.

Me sentí culpable durante mucho tiempo por no haber estado allí para ella, por no haberla sacado de esa cueva en la que sabía que vivía sin quererlo y mientras bajaba la mirada cada vez que mi padre la miraba, era como un gatito asustadizo que no creía en los milagros. Pero poco después, me sentí mejor, más liberada al darme cuenta de que, quién tenía la culpa de todo esto había sido mi padre, con sus constantes gritos y la última paliza que hizo culminar su muerte, ahora iba a quedarse solo.

Un traspié detrás de otro:

Una mujer extranjera bastante guapa y con acento sudamericano, vino a mi casa acongojada, ni siquiera sabía quién era y me había abierto las puertas de su mente con aquellas incesantes lágrimas corriendo por sus mejillas. Según sus palabras, mi padre estaba pasando por un momento bastante difícil, se fue mi madre y empezó a ser una verdadera carga para aquella mujer que iba una vez a la semana y ahora iba cada día las veinticuatro horas. Resulta que tenía que irse a su país para estar con su familia, dado que, su hermana estaba bastante enferma y necesitaba estar con ella, por lo que, mi padre se tenía que quedar con alguien. No había mejor persona que yo para el puesto, ¿verdad? Daba la casualidad de que ningún miembro de mi familia lo había querido acoger en su casa, yo era la última de la lista, si no le dejaba quedarse iban a deshauciarle porque no pagaba las facturas, se gastaba el dinero de su pensión en alcohol, para rematar la avanzada demencia senil que tenía.

Decidí dejar que viviese en mi casa pero, fue el mayor error que pude cometer en mi vida porque aquí, es cuando comenzó mi infierno. Podía verle cada día orinándose encima, dejando la cama llena de babas y mocos, viendo cómo no se acordaba de acordonarse los zapatos, cómo la cagaba con la cuchilla de afeitar porque terminaba dejándome el baño perdido... ni siquiera sabía ducharse, dios. Tomé la decisión de dejar el trabajo de mis sueños para poder dedicarme a mi padre el tiempo que realmente necesitaba, dado que, me había percatado de que no podía dejarle solo, siempre me hacía cualquier destrozo inesperado en casa y no podía permitirme pagar un horno nuevo. 

Este fue otro de mis errores. Le veía durante todo el día, cada hora que pasaba se hacía eterna, me cargaba de energía tan negativa que tenía incluso, ganas de vomitar estando a su lado. No podía dormir cómodamente porque estaba pendiente de a qué hora se levantaba por la noche para poder  acostarlo, así que, ahí es donde empezaron a aparecer mis primeras ojeras... Dejé de vivir mi vida para empezar a vivir la suya, un remolino de descontrol tras otro, notaba el desequilibrio que me producía estar en el mismo lugar como una idiota que no tenía otra cosa mejor que hacer que soportar sus impertinencias de machista malcriado, parecía estar cada vez más enferma conforme él pasaba más tiempo cerca sin poder remediarlo.

Un futuro desesperado:

Sé que su vida gira entorno a la mía, que necesita de mí para sobrevivir, ni siquiera sabe cómo ponerse los calzoncillos, así que, simplemente hay que tomárselo con filosofía, sí, lo típico que te cuentan en esas mierdas de terapias de psicólogos baratos que no hacen más que mentirte. Va a ser duro seguir el mismo camino y más cuando absorbe cada parte de mi ser como si se me fuese el alma, como si terminase por desplomarme en el suelo, como si me viese a mí misma muriendo poco a poco. 

He de seguir adelante, como he hecho siempre, además eso de dejar el trabajo fue temporal, tengo que volver, no podemos vivir del aire. Pero con una condición muy valiosa que, durante estos tres últimos años he pasado bastante por alto: primero yo, segundo yo y tercero yo, luego irán él y sus necesidades. Quizá no pueda manejarlo porque siempre me derrumbo cuando casi termina el mes y empieza otro distinto, pero debo ser fuerte por mí y nadie más, puedo seguir ilusionándome de la vida que me han dado, maravillarme por la increíble naturaleza que nos rodea y completarme con cada libro que logre leer durante el tiempo que pueda, con una mirada al frente, esperando que, algún día no muy lejano, las cosas cambien para bien.

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