Personaje: Edan




Relato procedente: "Lejana Amistad" (Huellas del Tiempo).


Resumen: Edan ayudó a Amelia en sus malos momentos, cuando se sentía abandonada por aquellos que anteriormente creía que eran sus amigos, por aquellos con los que compartió toda su infancia. Se sintió intensamente abandonada, así que, cuando conoció a Edan todo volvió a recomponerse, pero no se esperaba la horrible noticia de su mudanza, no esperaba que él también se fuera a ir para siempre y que no la llamara nunca más, no soportaba la idea de volver a perder a alguien importante en su vida.

Nombre completo: Edan Sunders Virton.                    Edad actual: 25 años.

Ciudad natal: Los Ángeles.                                         Ciudad actual: Londres.


Descripción física:

Mi cabello negro es corto y liso, siempre peinado hacia arriba, le da un toque diferente y algo más original; mis ojos color canela siempre han transmitido mi tristeza por aquello que veo en ellos, se ve cuando a veces, estoy pensativo, dubitativo o me siento realmente perdido en algún momento de mi vida; mis labios finos muestran aquella seriedad que empecé a tener desde que tengo memoria, nunca me he reído gran cosa, odio las estupideces y los chistes malos, hasta que conocí a Amelia, ahí empecé a conocer lo que era la verdadera sonrisa y a esbozarla sin ningún problema, aunque solo fuera con ella, lo cual, para mí fue suficiente; mi cuerpo siempre ha sido esbelto, demasiado para mi complexión física, pero creo que aunque comiera mucho seguiría teniendo el mismo peso, no es algo que yo quisiera que fuera así; me gusta vestirme de negro y conjuntarlo con algunas cadenas, accesorios y demás, nunca he creído que fuera para llamar la atención como algunos piensan, sino para poner la huella de mi personalidad en mi alrededor, no es tan malo, ¿verdad?

Descripción de la personalidad:

Siempre me han definido como alguien bastante pasota e irresponsable, me es difícil reconocerlo pero es totalmente cierto. Soy pasota con todo, no me importa en absoluto lo que me digan, e incluso, no me importa que me critiquen por mi forma de ser o de vestir, ni si quiera logran que me inmute, es como si no les escuchara y no sé si es un don o simplemente he aprendido a hacerlo con total normalidad; soy irresponsable porque soy pasota creo yo, ambas cosas van mas bien compenetradas, no me gusta tener que estar obligado a nada y ser una persona completamente libre pero a la forma de ver de los demás, eso no va a ser posible en ningún momento de tu vida porque habrá cosas que no puedas controlar.

Una infancia algo dura:

A mi juicio, lo que marcó más mi infancia y una parte importante de mi adolescencia, fue las continuadas críticas de todos mis compañeros del colegio sobre mi físico, mi forma de vestir y por algunas de las contestaciones que les daba a mis profesores. La verdad, tan solo intentaba transmitir aquello que sentía y mi forma de vestir siempre ha mostrado quién soy sin haber ningún tipo de problema, nunca llegué a entender con total exactitud por qué se reían, se burlaban y me humillaban en público constantemente por estos hechos, yo era un niño completamente normal con gustos diferentes a los del resto pero seguía siendo un niño y posteriormente un adolescente con su personalidad, sus cosas, sus hobbies y algunos accesorios que me gustaba marcar como son las cadenas o los pendientes de aro, pero sigo sin creer que eso sea un motivo sustancial para reírse de alguien.

Lo peor fue pasando, aquello fueron tan solo pequeñas burlas y risas sin importancia, lo verdaderamente malo empezó en el instituto. Pensé que al perder de vista a muchos con los que terminaba en primaria, dejaría de tener esas críticas y esas molestias con la gente, pensaba que en el instituto habría más diversidad y podría compartir más cosas que me gustaran con otros y todo volvería a equilibrarse, pero no podía estar más equivocado. El instituto fue un lugar oscuro para mí, doloroso y bastante solitario, sobretodo para un adolescente que ya había pasado por muchas cosas antes de ir allí y ya llegaba cansado de las personas, este último lugar terminó conmigo, ya que, ya no eran críticas superficiales o ese tipo de cosas, aquí empezaron a pegarme, a maltratarme psicológicamente y a vejarme continuamente, era muy doloroso y se me pasó varias veces por la cabeza el hecho de suicidarme para terminar con toda aquella locura, fue muy duro y siempre prefiero olvidar aquella época, nunca hablo de ello excepto ahora.

Todo empezó a volverse raro, oscuro para mí e incluso, empecé a sentirme incomprendido. En aquellos momentos, no entendía por qué las personas sufrían con el dolor ajeno, me preguntaba constantemente qué les había hecho yo para que me pegaran, qué les había dicho para que me insultaran de aquella manera tan cruel... al final, todo terminó siendo una prueba para ver lo fuerte que podría llegar a ser; pasé la prueba, pero ya no soy aquel niño inocente que mis padres criaron para nada, me he convertido en alguien mas bien dolido y resentido con la sociedad, con aquellos que me han hecho daño, con aquellos que quizá desprecie el resto de mi vida y deje de intentar comprender algún día.

Amor por la música y los cigarrillos:

Supongo que ambas cosas no irán juntas, por descontado, pero vinieron casi al mismo tiempo. Mi amor por la música empezó siendo muy joven, tendría unos once o doce años y escuchaba rock a morir, mis padres intentaban ocultármelo y escondérmelo, ya que, pensaban que eran cosas demasiado violentas para escuchar a mi edad pero yo conseguía zafarme de todo ello y me evadía escuchando aquellos tenues solos de guitarra y aquellas voces tan melódicas de las que se me caía la baba tan solo de escucharlas. Cuando estos sonidos pasaban a manos de mis oídos, sentía que todo volvía a ser sencillo, que no había nada que pudiera frenarme, que quizá todas las cosas que creemos que son imposibles pueden hacerse realidad y que muchas de las que son incomprensibles al final tienen un motivo verdadero, eso es lo que lograba transmitirme aquella música que resultó ser mi vía de escape para soportar todas aquellas palizas en el instituto y aquellas críticas continuadas en primaria, aparte de conseguir evadirme de este mundo cruel y oscuro.

El amor por los cigarrillos, por decirlo de alguna manera, vino a relucir en una época en la que intenté encajar vistiéndome como todo el mundo y comportándome como ellos. Si estas personas con las que iba fumaban, yo lo hacía, si bebían, yo lo repetía, y así sucesivamente. En aquella época, intentaba por todos los medios ser ellos para que dejaran de criticarme, necesitaba ser aceptado y querido de alguna manera, intentar formar parte de algo y con el deseo de compartir mis gustos con otras personas. Sin previo aviso, me enganché totalmente al tabaco después de estar varias semanas fumando sin parar un solo día, empecé a notar que lo necesitaba, que el mono me consumaba cuando no lo hacía y que la gente me miraba diferente si no tenía un cigarrillo en la boca; en cierta manera, me vi obligado socialmente, y ahora, no puedo separarme de ellos.

Persona inadecuada:

Durante un tiempo, me enarmoré de una joven bastante afín a mí aunque tenía ese problema de ser demasiado sociable y que quería parecerse más a los demás de lo que debería. Lo que quiero decir, es que cuando estábamos con un grupo de gente con los que ella iba, se comportaba de forma distinta dejando de ser ella y pasando a ser una joven completamente descarada, con falta de educación, criticaba a aquellos que les gustaban las mismas cosas que yo o vestían como yo, e incluso, les llegó a insultar, resultaba un comportamiento de lo más desagradable.

El caso es que, a pesar de todo ésto, me encantaba estar con ella porque era de lo más cariñosa y atenta conmigo, pero me gustaba quedar asolas con ella, no quería que sus amigos formaran parte en nuestra relación. Durante un par de años, funcionamos muy bien, e incluso, llegamos a compenetrarnos de una forma que ni yo imaginé porque soy bastante difícil de manejar pero parecía que a ella le gustaba estar conmigo por encima de cualquier otra cosa. Hasta que llegó aquel día en que todo terminó, sin decir absolutamente nada, de un día para otro y recuerdo exactamente sus palabras: "Hemos terminado, no quiero volver a verte ni a hablarte. Lárgate de mi vista", y a partir de ese mismo instante, dejó de ser ella misma para convertirse en ellos, se acabó perdiendo entre la multitud, entre aquel banal gentío maltratador, acosador y falto de todo tipo de respeto hacia cualquier otra persona. Mi teoría fue que sus amigos le comieron la cabeza diciéndole que yo era un rarito y que no la merecía, ya que, a los dos meses cambió totalmente su forma de vestir y empezó a salir con un tipo que jugaba a baloncesto y que estaba de lo más cachas, paseándose por delante de mí como verdaderos príncipes hipócritas.

Amelia:

Sin previo aviso, llegó Amelia con aquel cabello negro, largo y liso ondeando al viento, aquellos gatunos ojos grisáceos que mostraban tanta comprensión y tristeza debido a aquellos amigos que la habían abandonado, con unos labios finos y una sonrisa apagada, esbelta y llevando un look propio de lo más especial, realmente me encantó a simple vista. Su cara era tan fina que llegó a crearme cierta confianza nada más la vi, su ternura fluía por cada poro de su piel con ni siquiera quererlo y era perfecta, aunque ella nunca supo nada de todo ésto, evité contárselo.

La primera vez que hablamos fue esperando al tren, en aquel mismo andén donde quedábamos todos los días, era el lugar idóneo para hablar y vernos durante un rato hasta llegar a la Universidad, aunque solía ser bastante incómodo porque parecía que aquel trasto fuese a explotar de gente de un momento a otro. Siempre me inspiró su sonrisa, aquel toque caramelo que despedía de su boca, aquella incomprensión que salía de su cuerpo cuando reaccionaba a algo que tenía que ver con la sociedad en la que vivíamos o con sus antiguos amigos. Me llamó la atención su mirada, ya que, era de alguien risueño pero a la vez, de alguien increíblemente triste, tenía una curiosidad en ella que no había captado en ninguna otra persona y no sabía que pudiese existir una mirada de aquellas, no sabía que podía acabar viendo las estrellas con tan solo ver a través de sus ojos.

Nunca le dije lo que sentía realmente por ella, hacía tiempo me había enamorado de la persona equivocada y aún me sentía un poco decepcionado con todo lo que tuviera que ver con las relaciones, era algo que te presionaba y hacía que te mantuvieras en un mismo sitio encerrado sin poder salir durante años, me atrevo a decir que tenía verdadero pánico. Muchas veces, llegué a creer que ella sentía lo mismo que yo, pero no estaba totalmente seguro, así que, no quería presionarla ni nada por el estilo, tan solo quería dejarle su espacio y seguir con nuestra amistad, era otro factor que no quería perder de vista pero parece que con el tiempo, lo llegué a perder...

La fatídica mudanza a Londres:

Durante varias semanas estuve pensando en cómo decírselo a Amelia, decirle que aquel amigo al que había conseguido tener tanto aprecio después de cinco años iba a trasladarse a Londres con el resto de su familia, que daba la casualidad, que también la apreciaban y la invitaban a comer algunas veces. Intenté retrasar aquel momento todo lo que pude, ella notaba que estaba pensativo y que algo iba mal pero veía aquella cara tan tierna y tan llena de melancolía pasada que no podía simplemente decírselo, sino encontrar el momento idóneo para hacerlo. 

Mis padres quisieron ir a Londres porque trasladaron a mi madre allí, era el trabajo de su vida y ella ya había hecho demasiados sacrificios por nosotros como para decirle que no. Intenté hablar con mi madre para poder quedarme, quería conseguir que dijera que sí sea como sea, quería que reaccionara ante aquel acto de solidaridad que trataba de hacer con la que era mi verdadera amiga y con la que podría haber tenido una bonita relación si me hubiera atrevido a decírselo incluso. Mi madre insistió, no quería dejarme aquí solo buscándome la vida por mi cuenta, prefería que estuviera con ellos para cualquier cosa que pudiera pasar, querían estar a mi lado pasara lo que pasase, ya que, después de lo que me hicieron en el instituto sentían una mayor protección hacia mí. Lloró tanto que no pude decirle que no, estaba francamente preocupada porque me quedara en Los Ángeles con nadie más que conmigo mismo, tenía miedo de que me hicieran daño o me quedara sin dinero, así que, no tuve otra opción.

Amelia se enteró aquella mañana de sábado, soleada pero con previsiones de lágrimas en vez de lluvia, ya que, cuando vio las maletas en el salón de mi casa enseguida supo que algo iba realmente mal, que aquel amigo que había estado con ella durante cinco años y la había apoyado siempre, también la abandonaría. Me comentó varias veces que yo había sido su fuerza durante todo aquel tiempo, el hombro en el que podían llorar aquellos ojos grisáceos y con el que había conseguido esbozar una agradable sonrisa otra vez, y de verdad pensé que todo sería así para siempre, al igual que ella. Las circunstancias cambiaron, y su forma de mirarme a los ojos también, como si se sintiera abandonada otra vez, como si verdaderamente sintiera que aquello le estaba volviendo a pasar, supe de inmediato que después de aquel día no volvería a verla.

Un adiós a Amelia:

Cerró la puerta tras de sí y no volvió a dirigirme la palabra, nunca volvió a responder a mis llamadas y aquella sonrisa desapareció. Quise seguir en contacto con ella pero tenía miedo de que todo volviera a ocurrir, no quería pensar que quizá yo no era su verdadero amigo, que quizá la olvidaría en el mismo momento en el que subiera al avión pero lo que no sabe es que nunca la he olvidado. Ha sido casi imposible seguir adelante sin ni siquiera pensar o acordarme de ella, me pasé los primeros meses yendo al primer metro que encontraba en Londres y la esperaba hasta que ya no hubiera luz para volver a casa echándola de menos y aceptando una vez más que no volvería a tener ningún tipo de contacto con ella porque estaba dolida y no esperaba que quisiera nada más, estaba decepcionada.

Fue duro irme de Los Ángeles sin ni siquiera despedirme y fue todavía más duro alejarme de aquella persona que hacía que todas mis preocupaciones desaparecieran y la que siempre creyó en mí, no me miraba de forma extraña y fue la que pasó aquellos momentos tan inolvidables conmigo en aquellas paradas de metro. Decir adiós fue una de las cosas más difíciles que tuve el valor de hacer, aunque en realidad, no se lo dije personalmente, sino mirando una de aquellas innumerables fotos que teníamos juntos. Las lágrimas cruzaban mis mejillas sin cesar, pero dentro de mí sabía que siempre conservaríamos el lazo especial que compartíamos.

Un futuro solitario:

Una de las cosas que siempre he odiado han sido las miradas constantes, los susurros a cada paso, las críticas a distancia, la incomodidad de aquellos que se sientan a mi lado en clase, la impresión de que todo ésto me va a explotar en la cara de un momento a otro... Desde hace varios años que vivo en Londres que no he conseguido tener a mi alcance ningún tipo de amistad, todas acaban siendo una estafa, una traición del destino y una auténtica pérdida de tiempo y recursos. Lo peor de todo es que, cada vez que hablo con alguien, cada vez que intento mantener una conversación o cualquier cosa de este tipo, la cara de esa persona desaparece y vuelvo a ver a Amelia, es algo muy doloroso, es como si me estuviese recordando que ninguna amistad que intentara formar sería tan especial y auténtica como lo fue con ella, me recordaba que estaba en el mismo lugar donde la dejé y que seguía sonriendo.

En cierto modo, me mantengo a distancia de las personas, me siento solo pero al menos, así me siento a salvo, recordando aquellos momentos, aquellas sensaciones y las maravillosas mejillas enrojecidas de aquella amistad lejana que dejé atrás hace algunos años y de la que me arrepentiré toda mi vida, aquella que asoma entre las muchas nubes que forman parte de mi vida diaria y me nublan la vista, aquella estrella que se ve a lo lejos y que trata de animarme para que siga adelante, aquella joven que siempre forma parte de mis ojos, de mi sonrisa y de cada parte de mi cuerpo, porque aquello que compartí con ella sí que fue realmente una amistad, un lazo inquebrantable de confianza y cariño, de simpleza y apoyo, de constancia y amabilidad, de una increíble amistad lejana y a la vez, tan cercana...

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