Personaje: Sussy




Relato procedente: "Sentimiento Callejero" (Huellas del Tiempo).

Resumen: Zack vivía en la calle debido a que el banco le había quitado su casa y sobrevivía con la ayuda de su fiel compañero Yoksi, un pastor alemán de lo más listo y espabilado. Taira le ofreció a éste que volviera a casa con ella y con su hija Sussy, le necesitaban en su vida, él aceptó y logró estar mucho más unido a su hija y a fortalecer mucho más la relación que volvió a compartir con la que ahora era su ex mujer. Todo cambió cuando una mañana, después de una velada romántica y una noche de sexo apasionado, Zack vio a Taira muerta a su lado debido a una enfermedad terminal y tuvo que tomar las riendas de su vida y la de su hija solo, después de haber leído una emotiva carta de Taira diciéndole que le dejaba todo su patrimonio y más cosas. Sussy y su padre consiguieron rehacer su vida, pero sin olvidarse de aquella mujer que les dio todo lo que tenía para que pudieran persistir en este mundo tan injusto.

Nombre completo: Sussy Morrison Sellon.                        Edad actual: 23 años.

Ciudad Natal: San Francisco.                                               Profesión: Estudiante.


Descripción física:

Mi cabello canela con tonos rubios es largo, sedoso y liso; mis ojos castaños gozan de toda intensidad; mis labios gruesos suelen entrever una sonrisa cálida y dulce; mi cuerpo esbelto es adornado por unos vaqueros algo rotos y una camisa blanca bien planchada. No me gusta ni ir muy maquillada o muy bien vestida, ni muy mal, tan solo normal. Siempre he estado dentro de mi peso y es de agradecer ser más o menos flexible y algo atlética, ya que, me permite moverme mejor y no estar siempre con dolores en el cuerpo, como alguna gente que conozco que se pasa el día quejándose sobre eso.

Descripción de la personalidad:

Supongo que me defino como alguien sensible, desde que murió mi madre con tan solo siete años, empecé a llorar por todo y no entiendo todavía el por qué. Mi padre siempre me ha definido como una persona muy espabilada, dice que pillo al vuelo las palabras y que me gusta rebatir y preguntar más, no sé si es que lo hago aposta o me sale así, supongo que la segunda opción. Odio a las personas que se fijan en mí por mi físico y no por mi inteligencia o mi forma de ser, también las que van detrás de ti porque tienes dinero o porque tienes una posición privilegiada en tu puesto de trabajo. La muerte de mi madre me enseñó muchas cosas, sobretodo su carta, me animaba a ser yo misma y eso es lo que he venido haciendo desde que tenía siete años, a luchar por mis sueños y procurar que todas las estrellas miren hacia mí y brillen mucho más.

Familia rota:

A mis cinco años me di cuenta de que las cosas entre mis padres no iban muy bien, y no puedo decir que me gustara especialmente. Cuando mi padre se fue de casa, me sentí muy triste, pensé que nunca más volvería a verle, que no podría abrazarle o que no volvería a hacer más pompas de jabón en la bañera, y justo eso era lo que más me gustaba. Mi madre me aseguró que podría ir a verle cuando quisiera y fue lo primero que hice cuando mi padre se estableció en un pequeño piso en el centro, no era muy grande pero yo seguía divirtiéndome con él, me cuidaba mucho y me daba algunos caprichos aunque no tuviera suficiente dinero. Todo por su niña, decía.

A pesar de las dificultades, creo que mis padres siempre se quisieron y se respetaron de una forma u otra, por ello, cuando mi padre volvió a casa dos años después, mi felicidad llegó a límites insospechados, estaba contenta de que volvieran a dialogar y pudiera tenerlos a ambos en casa. Para mi padre se volvió todo mucho más complicado, aunque cuando tenía siete años no era capaz de comprender por qué vivía en la calle y no estaba en aquel piso que yo tan bien conocía, no entendía por qué tenía un tazón de plástico lleno de monedas y dormía en el suelo de la calle como un vagabundo, no me lo explicaba y mi mente no entendía ese tipo de código. Mis padres siempre intentaron que estuviera cómoda mientras atravesaba su ruptura, mientras estaba con cada uno de ellos por separado y siempre yendo y viniendo cuando me apetecía, nunca me obligaron o me prohibieron nada, procuraron que me acostumbrara a la situación que en ese momento les acontecía. Simplemente, tenía que entenderlo y eso era todo, acostumbrarse... a pesar de todo, me costó pero lo conseguí.

Un padre que vivía en la calle:

Como he dicho anteriormente, veía a mi padre durmiendo, comiendo y pidiendo en la calle y no era capaz de comprender qué significaba aquello si yo solía ir al piso que tenía en el centro y hacía pompas de jabón en su bañera... no me cuadraba en absoluto, de hecho, creo que en el fondo tampoco quería que eso fuera cierto. Veía su rostro y no parecía el de mi padre, un hombre tan trabajador vuelto como un hombre cansado, con sus ojos castaños caídos y con enormes ojeras, unos labios gruesos faltos de toda sonrisa y de felicidad alguna, un cabello negro enmarañado y falto de un buen toque de champú y un cuerpo envejecido, cansado y pobre; en el fondo, no podía creer que aquel hombre que conocía, fuera totalmente pobre.

Le preguntaba a mi madre por ello innumerables veces, pero solo me respondía con voz delicada y con palabras escogidas con precaución para que no estallara en lloros de pena y compasión por aquel hombre al que siempre había idolatrado como alguien realmente trabajador y que se preocupaba de su familia, además le encantaba pasar todo el tiempo conmigo, veía en su cara que disfrutaba con creces. Odiaba que no fueran sinceros conmigo, era su hija y necesitaba una explicación de todo lo que ocurría a mi alrededor, eran mi familia, no un par de personas ajenas que no conocía de nada en absoluto. Ahora, siendo más adulta, considero que lo hicieron por mi bien, aunque con siete años todas esas absurdas palabras me causaran rabia e impaciencia, me protegían de una verdad incómoda y triste, de una verdad que quizá nadie elegiría saber, que haría que cayeran lágrimas por mis mejillas sin cesar. No les culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Una madre solitaria y triste:

Cuando tenía siete años, no comprendía por qué mi madre había dejado que mi padre se fuera de casa sin más, siendo que siempre decía que le quería mucho. Cuando cumplí los veinte años y leí aquella carta tan bien guardada por mi padre en el fondo del cajón donde ella guardaba su ropa interior, lo comprendí todo: se sentía intensamente agobiada y todo le llenaba el pecho de ansiedad y de angustia, a lo que, se juntó el funeral de su madre y terminó de explotar. Comprendí la situación al instante: una mujer trabajadora que adoraba su trabajo pero que pasaba horas en su oficina y que no tenía una hora exacta a la que terminar, una mujer que llegaba a casa y tenía que lidiar con las cosas que le pedía una casa preciosa y su familia, entre limpiar, hacer la comida... supongo que llegó al límite. Obviamente, no fue nuestra intención y ella podría habérselo dicho a mi padre en el momento preciso para que él hubiera intentado ayudarla, en vez, de escaparse de todo y echar todo lo que quieres por la puerta de entrada.

Después de divorciarse de mi padre, ella no tuvo otra vida que el trabajo y yo, las cosas cotidianas que salían de casa y aceptar la muerte de su madre, jamás la vi con ningún otro hombre. Lo que sí percibía era su tristeza, ella pensaba que no la oía o no la veía llorar en su cuarto, pero lo hacía y acababa sintiéndome mal por ella, no podía seguir viéndola así. Al ver ésto, comprendí que necesitaba a una niña risueña y que la hiciera reír, necesitaba que la ayudara en su vida o que la abrazara con fuerza para animarla, así que, eso fue lo que hice: me convertí en la payasa de mamá. Nos lo pasamos francamente bien, ya no estaba tan triste y disfrutaba más de mi compañía que ninguna otra vez en su vida, pero creo que ella nunca lo supo; a pesar de todo ello, alguna vez la veía sacando la foto que teníamos de familia para recordar quiénes éramos antes de aquello, lo unidos que estábamos... y comprendí que realmente echaba de menos a mi padre y era comprensible, yo también.

Vuelta a casa:

Mi madre y yo paseábamos por la calle principal, viendo el bonito mercadillo que habían montado en fiestas y, a lo lejos, vimos a mi padre totalmente enmarañado, sucio y con aspecto de no haber comido ni dormido en semanas. Me extrañó muchísimo y a mi madre le preocupó, ya que, cuando estuvieron hablando pude ver las lágrimas que rozaban por sus mejillas, enviándole señas a mi padre de que viniera con nosotras. Mi padre no quería ser una molestia, lo que no sabía es que realmente sería una bendición en nuestra casa y que mi madre estaría agradecida de que la ayudara y pasara los días con las dos; él aceptó, trayéndose a Yoksi con nosotras, ya que, no quería que se quedara en la calle y le hicieran daño, mi padre era verdaderamente solidario con los animales. 

Tenerlo de vuelta en casa fue una de las cosas más bonitas que he tenido el placer de experimentar, estaba tan feliz que se me notaba a leguas. Me pasaba las mañanas jugando con él a juegos de mesa, a la pelota en el parque, comiendo un helado cerca del mismo y yendo a cualquier sitio lo suficientemente divertido para mí como para ver mi sonrisa de oreja a oreja. Mi madre consiguió estar más unida a él, por fin comíamos juntos, bailábamos y mi padre podía leerme un cuento antes de dormir, todo era como un cuento de hadas, exactamente como lo había soñado. Por las noches, les oía hablar al otro lado de la habitación, susurrando para que no les oyera, de hecho, no entendía nada de lo que decían pero esperaba con fuerza que no estuvieran discutiendo y que mi padre volviera a irse, esperaba que fueran muestras de cariño y ternura. Las caricias entre ambos empezaron a verse por doquier, incluso los besos, no podía estar más contenta, por fin les veía sonreír, ya que, hacía mucho tiempo que no les veía tan felices; acababa de hacerse realidad mi teoría: mis padres estaban mucho más felices juntos que separados.

Muerte de Taira:

No comprendí que mi madre se había ido (supuestamente al cielo, como mi padre me dijo para usar palabras delicadas), hasta que la eché de menos. Me costó mucho no verla entre nosotros, especialmente volver a ver aquellos ojos llorosos y tristes que mostraba mi padre en su rostro, él lo sintió de primera mano. Con siete años todo es diversión y felicidad, no te das cuenta de lo que verdaderamente es la muerte, sigues con tu vida despreocupadamente y esperas que algún día esa persona a la que tanto amabas vuelva a cruzar la puerta de entrada otra vez y que nuestras vidas vuelvan a ser fáciles, pero nada de eso es real, nada de eso se materializa y nada vuelve a ser igual que antes. Todo ésto, fue un golpe muy duro para mí, había noches que esperaba delante de la puerta de nuestra casa a mi madre, pensaba que con solo recordar su rostro y aquellas deliciosas comidas que preparaba, volvería a casa; pensaba que se había ido porque estaba enfadada, pero más tarde, mi padre me lo explicó todo.

Cuando tuve edad suficiente para conocer toda la historia con pelos y señales (es decir, a los veinte años), mi padre se sentó justo enfrente de mí y me entregó la carta que escribió mi madre y la que llevaba tanto tiempo guardando. De ahí, saqué la conclusión de que no todo eran unicornios e ir todos los veranos a la casa del lago a jugar a la pelota, no todo eran sonrisas y pasarlo bien, mi madre realmente sufría antes de morir. Mi padre me explicó qué sucedió con su matrimonio, por qué él vivía en la calle, cómo murió mi madre y qué hizo después de aquello, de hecho, me confesó que seguía echándola mucho de menos y que todavía no había superado su pérdida. Las lágrimas corrieron por mis mejillas, ya que, me protegieron de todo ello en aquel momento y prefirieron que fuera feliz antes que verme triste cada día, no era justo para una niña tan pequeña; mientras ellos sufrían yo vivía en la total ignorancia.

La carta de Taira:

Después de explicarme lo que ocurrió, me dejó sola para que pudiera leer la carta, suponía que necesitaría estar sola para conectar con aquellas palabras tan bien escritas y cuidadas, con aquella caligrafía casi perfecta. En ella me explicaba que tenía una enfermedad terminal y que tuvo que irse, sabía que le quedaba poco tiempo de vida, me informó de que se lo había dejado todo a mi padre y que confiaba ciegamente en que me protegería a mí y a todo su patrimonio para que no nos faltara de nada, esperaba que fuera feliz a su lado y que rehiciera esa vida que quizá estuvo rota debido al divorcio por el que tuvo que pasar, me explicó que siempre nos quiso a los dos pero que su muerte fue inevitable porque no había cura alguna, que le hubiese gustado muchísimo quedarse con ambos, me dijo que eligió a mi padre para que fuera el que cuidase de mí porque sabía que yo le idolatraba y que todo sería más fácil para mí ahora que sabía todo aquello, que el dolor terminaba pasando con el tiempo y que quería que siempre la recordara, que la vida seguía... Me quedé petrificada por el amor que transmitía con aquellas palabras tan sinceras y bien cuidadas, tan pulcras y elegidas con precisión, tan encantadoras y a la vez, dolorosas.

Después de haber estado digiriendo las palabras de mi madre y haber guardado aquella carta con cuidado en mi cuarto, salté a los brazos de mi padre para darle las gracias por todo lo que había hecho por mí durante todo aquel tiempo en la permanente ausencia de mi madre. Nos fundimos en un tierno abrazo y estuvimos llorando y recordando todas aquellas ocurrencias de mi madre que nos hicieron tanta gracia años atrás. Celebrábamos todos sus aniversarios como si ella estuviese con nosotros, mirábamos los álbumes de fotos llorando y riendo y recordábamos aquellos momentos felices con ella.

La fuerza de mi padre:

Cuando murió mi madre, mi padre fue el fuerte de la familia. Yo no entendía muchas cosas, pero él se esforzaba por levantarse y hacerme el mejor desayuno que habría probado, me animaba a ir al colegio, me llevaba al parque, me invitaba a deliciosos helados... lo hacía todo solo, existiendo ese vacío que no se podía llenar en su interior, pero viviendo por y para mí. Siempre pensé que todo ello estaba implícito y que lo hacía porque yo le hacía reír o algo así, pero él podría haberse derrumbado y haberse quedado en la cama durante días, pero no lo hizo, siguió adelante conmigo porque eso era lo que debía hacer.

Para mi padre durante aquellos años todo no debió ser color de rosa, se levantaba increíblemente temprano para vestirme, darme el desayuno y llevarme a clase, después tenía que ir a trabajar, volver a por mí al terminar, ocuparse de limpiar, planchar, hacer la comida, entretenerme todas las tardes y leerme un cuento antes de dormir. Imagino que hacer eso durante años ha debido de resultarle francamente difícil, no todo el mundo hubiera sido capaz de hacerlo, no todo el mundo hubiera sacado esa chispa interior para seguir viviendo por su hija o por mantener las casas que fueron de mi madre, para no perderlas y quedarnos en la calle por nada del mundo.

Un futuro de unión:

Con veintitrés años, ya soy totalmente consciente de lo acontecido en mi vida años atrás, todo lo que quería saber ha sido justificado y, por fin, todo encaja. Ahora lucho por mis sueños, lucho por aquello en lo que creo e intento ser quién soy en todo momento (como decía mi madre continuamente), al lado de mi padre. Ahora no soy una niña, pero parece que sigue protegiéndome de la misma forma, sigue poniéndome un aro protector a mi alrededor para que no me hagan daño y sigue trayéndome el desayuno a la cama, es realmente cabezota.

Aunque esté en la Universidad, jamás me he separado de mi padre, de hecho, me siento rara cuando me voy de viaje o estoy fuera de casa más de un par de días, es raro que no sea él quién me cuide constantemente como siempre lo ha hecho. Cuando no es capaz de levantarse, me gusta llevarle yo el desayuno agradeciéndole las veces que me lo ha traído a mí sin ganas de hacerlo, supongo que se merece todo y más de lo que hago. Seguimos teniendo una buena relación y amistad después de todo lo acontecido, seguimos echando de menos a mi madre y teniendo momentos tristes, pero nos tenemos a los dos, que es lo más importante en estos momentos.
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